La cucaracha: pequeña oda (casi) cariñosa al bicho del verano en la Costa Blanca
Hay etapas iniciáticas cuando te instalas en la Costa Blanca. El primer almuerzo que hace las veces de comida. El primer granizado una noche de calor. El primer «mañana» que significa «quizá nunca». Y luego está esa de la que nadie te avisa: la que llega una noche de julio, hacia la medianoche, mientras vas tan tranquilo a servirte un vaso de agua. Tu primer encuentro con una cucaracha. No una pequeña. Una grande. Una que parece haber hecho pesas. Bienvenido. Ya estás oficialmente en casa.
Este artículo es una pequeña oda, casi cariñosa, a esa compañera de piso que nadie invitó. Vamos a reírnos un poco, pero sobre todo a decirte la verdad, porque entender al bicho ya es la mitad de dejar de temerlo.
¿Quién es esta dama?
La estrella del verano, la grande de color marrón rojizo que te arranca un grito digno de película de terror, es casi siempre la misma: Periplaneta americana, la «cucaracha roja» o cucaracha americana. Tres o cuatro centímetros, antenas interminables, aspecto de blindado y, detalle que te cambia la vida, vuela. Bueno, planea. Con torpeza. Normalmente derecha hacia la lámpara, o sea hacia ti. Es el momento exacto en que descubres que puedes salir de una cocina saltando por encima de la mesa.
Su prima pequeña, más discreta, es la Blattella germanica, la cucaracha «rubia» o alemana: uno o dos centímetros, beige, que sí se instala de verdad dentro, en los rincones cálidos de la cocina. Menos espectacular, pero más tenaz.
¿Por qué aparece, sobre todo en verano?
Primera buena noticia para tu ego: la gran cucaracha roja no suele ser señal de que tu piso esté sucio. Esa viene de fuera, más concretamente de las alcantarillas y las cañerías, donde hace calor, humedad y oscuridad, justo su idea del paraíso. Cuando suben las temperaturas y el aire se carga de humedad mediterránea, sube por los tubos, las bocas de alcantarilla y las palmeras. Y palmeras, en la Costa Blanca, hay: piensa en el Palmeral de Elche, el mayor de Europa. El mundo, a veces, es tu baño.
Es un fenómeno estacional y urbano, típico de las ciudades cálidas del Mediterráneo. Cuanto más calor de noche, más activas están. La cucaracha no es una maldición personal: es sencillamente el mes de julio.
¿Es peligrosa? (la parte tranquilizadora)
Segunda buena noticia: no, no va a atacarte. La cucaracha no muerde, no es agresiva, y su arma principal es la velocidad a la que desaparece bajo la nevera. Dicho esto, seamos rigurosos: como pasea por las alcantarillas antes de venir a tu casa, puede transportar gérmenes en las patas. No es cuestión de pánico, sino de higiene básica: se limpian las superficies que haya pisado y no se la deja instalarse, sobre todo la variedad rubia de interior.
Cómo limitar las visitas
No te vamos a engañar: al Mediterráneo no se le erradica. Pero se pueden reducir mucho las apariciones, y depende sobre todo de una palabra, las cañerías. El reflejo más eficaz, y el más desconocido: tapa los desagües por la noche. Un tapón en el fregadero, la rejilla de la ducha cerrada, y cortas su autopista favorita. Después, los clásicos: no dejar comida ni platos sucios, sacar la basura por la noche, sellar las grietas alrededor de las tuberías y bajo las puertas, y revisar las rejillas de ventilación. Para la cucaracha rubia ya instalada dentro, los geles cebo de farmacia o droguería funcionan bien; ante una invasión de verdad, se llama a una empresa de desinsectación. Y sabe que los servicios municipales tratan a menudo la red de alcantarillado, sobre todo en verano: por eso algunas noches te cruzas de golpe con varias que huyen del tratamiento.
Aprender a (casi) quererla
En el fondo, la cucaracha forma parte del folclore del verano, igual que la mascletà de las Fogueres que hace temblar los cristales o las terrazas llenas a la una de la madrugada. Es el precio, minúsculo, de un clima en el que se vive fuera ocho meses al año. Los de aquí te lo dirán con un encogimiento de hombros muy local: es lo que hay.
Así que la primera vez, sí, gritarás. La décima, cogerás un vaso y un trozo de cartón con la calma de un veterano. Y un día, al ver a un recién llegado salir disparado de su cocina en pijama, sonreirás, porque sabrás: acaba de pasar, también, su examen de entrada. Bienvenido a la Costa Blanca.
La Redacción
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